Miedo a lo desconocido. Crónica de una demolición anunciada
- Pedro J Benito
- 12 jun
- 6 min de lectura
La presente entrada tiene dos misiones principales. La primera, expresar sin ambigüedad lo que, a mi juicio, constituye uno de los mayores errores institucionales de la historia reciente de nuestra Facultad. La segunda, poner negro sobre blanco mi opinión sobre la situación actual de la convivencia en la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de Madrid.

Hay decisiones que trascienden la mera gestión administrativa. Son decisiones que revelan una forma de entender una institución, su historia y su misión. Cuando una facultad deja de proteger sus laboratorios, cuando la investigación pasa a ocupar un lugar secundario y cuando quienes han dedicado décadas a construir conocimiento se convierten en un obstáculo en lugar de en un activo, el problema ya no es organizativo. El problema es de identidad.
Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida académica al INEF de Madrid observamos con preocupación cómo la investigación, que durante décadas constituyó uno de los pilares fundamentales de la Facultad, parece haber dejado de ocupar un lugar prioritario en el proyecto institucional actual.
Resulta difícil contemplar sin inquietud la situación que atraviesan algunos de los laboratorios históricos vinculados al ámbito de la salud y el rendimiento humano. Espacios que durante décadas han contribuido a la docencia, a la investigación y a la transferencia de conocimiento, formando a generaciones de estudiantes y profesionales, parecen haber pasado de ser motivo de orgullo institucional a convertirse en una carga incómoda.
El Laboratorio de Fisiología del Ejercicio, con más de medio siglo de trayectoria; creado en el año 1975 por el prestigioso fisiólogo D. José María Alvaro Gracia y el Dr. Legido Arce. El Laboratorio de Biomecánica creado por el profesor Fernando Vizcaíno y el profesor Enrique Navarro con más de cuatro décadas de servicio; y el Laboratorio de Bioquímica creado por la Dra. Marcela González-Gross, con cerca de treinta años de actividad, representan mucho más que unas instalaciones. Son parte de la memoria científica de la institución. Son el resultado del esfuerzo acumulado de profesores, investigadoras, técnicos, estudiantes y profesionales que dedicaron miles de horas a construir una cultura científica sólida.
Miles de estudiantes han pasado por ellos. Centenares de investigadores han realizado proyectos, estancias de investigación, tesis doctorales, publicaciones científicas y colaboraciones nacionales e internacionales gracias a ellos. Buena parte del prestigio científico que el INEF de Madrid ha alcanzado durante las últimas décadas se construyó precisamente en esos espacios.
Lo verdaderamente llamativo es que ahora se cuestione la utilidad de unas estructuras que han contribuido de manera decisiva al prestigio científico de la institución.
Basta realizar una búsqueda bibliográfica utilizando las filiaciones históricas del INEF de Madrid y de la Universidad Politécnica de Madrid para comprobar la magnitud de esa contribución. Centenares de publicaciones científicas indexadas internacionalmente han surgido de estos laboratorios durante las últimas décadas. Artículos que han llevado el nombre del INEF y de la UPM a revistas científicas de referencia internacional.
Las grandes instituciones académicas se construyen sobre una combinación delicada de tradición e innovación. La innovación sin memoria suele desembocar en ocurrencias. La tradición sin renovación conduce al inmovilismo. La excelencia surge cuando ambas conviven.
Sin embargo, hoy muchos profesores e investigadores tienen la sensación de asistir a un proceso diferente: la sustitución del diálogo por la imposición, de la colaboración por la confrontación y de la planificación estratégica por decisiones que generan incertidumbre permanente.
La memoria institucional también merece respeto.
Por eso resulta especialmente doloroso observar cómo algunos de los símbolos históricos de la investigación en el INEF han sido tratados durante los últimos años. La desaparición del Laboratorio James Stirling, ligado a la memoria de un profesor fallecido que dedicó su vida profesional a esta institución, constituye para muchos un ejemplo de cómo el valor histórico y humano puede quedar relegado cuando la gestión pierde sensibilidad hacia aquello que representa la identidad colectiva de una comunidad académica.
La versión actual de los laboratorios no cuadra con la actual dirección del centro. No es el primer intento de unir todos los laboratorios en uno solo y eliminar el museo de INEF, convirtiendo todo en una amalgama de constreñida de suerte de único laboratorio para todo, muy lejos de la visión de sus creadores, y sin ningún tipo de respeto por la memoria de esos lugares.
Un Laboratorio no es una habitación con aparatos y equipos de medición, es un conjunto de personas que hace que esos equipos y técnicas funcionen. Sin ellos y, sobre todo sin esos equipos (muchas veces cedidos voluntariamente) no existe el Laboratorio. Suelen ser personas altruistas que ceden su tiempo a la docencia y a la investigación, porque no hay que olvidar que ninguna persona de ningún laboratorio cobra ni un céntimo por su actividad dentro del mismo.
La historia de una universidad no se mide únicamente por sus edificios o sus cargos académicos. Se mide por el conocimiento que genera y por el respeto que demuestra hacia quienes han contribuido a crearlo. Por eso, resulta especialmente preocupante observar cómo determinados espacios científicos parecen haber sido relegados durante años a una situación de abandono, con recursos insuficientes y sin una apuesta estratégica clara que garantice su continuidad y desarrollo.
Una universidad que aspira a la excelencia no puede permitirse considerar la investigación como un elemento accesorio. La investigación es una de las razones esenciales por las que existe la universidad moderna. Sin ella, la docencia corre el riesgo de convertirse en mera repetición de conocimientos generados por otros. Sin ella, desaparece la capacidad de innovar, de liderar y de transformar la sociedad.
Durante los últimos años se ha intentado transmitir la idea de que los laboratorios históricos del INEF son espacios vinculados a determinados grupos de investigación o, incluso, a determinadas personas. Nada más lejos de la realidad: los laboratorios siempre han pertenecido a la Facultad. Prueba de ello son los proyectos realizados conjuntamente con multitud de profesores y profesoras de esta institución. Algunos ejemplos de esa colaboración entre ciencia y federaciones del deporte son los estudios desarrollados en gimnasia deportiva, esgrima, triatlón, ciclismo, lucha, tenis, atletismo y muchas otras disciplinas.
Los laboratorios nunca han pertenecido a ningún grupo de investigación. Nunca fueron un patrimonio privado. Nunca fueron el despacho ampliado de ningún profesor, y aunque una mentira se repita mil veces, sigue siendo mentira.
Así lo establecía la normativa aprobada en 2007, una normativa que, paradójicamente, sigue vigente porque nunca ha sido derogada, aunque durante casi dos décadas muchos de sus principios fundamentales hayan sido ignorados por quienes tenían la responsabilidad de aplicarla.
La verdadera pregunta no es quién es propietario de los laboratorios.
La verdadera pregunta es quién los ha mantenido vivos durante todos estos años.
Quienes hemos conocido otras etapas recordamos una facultad imperfecta, sin duda, pero en la que la cooperación entre departamentos, laboratorios y equipos de trabajo constituía un valor compartido. Existían diferencias, como en cualquier institución viva, pero también una convicción común: la ciencia, la docencia y el servicio público debían estar por encima de intereses particulares.
Pero el problema ya no es únicamente científico.
Es también humano.
También preocupa el deterioro del clima interno. Las instituciones académicas progresan mediante el diálogo, el respeto mutuo y la colaboración entre sensibilidades diferentes. Cuando la confrontación sustituye al consenso, cuando las decisiones se perciben como imposiciones y cuando los desacuerdos dejan de resolverse mediante argumentos para hacerlo mediante posiciones de poder, el daño trasciende a las personas directamente afectadas. Acaba alcanzando a toda la comunidad universitaria.
Las universidades progresan cuando existe confianza. Cuando las personas pueden discrepar sin miedo. Cuando el conocimiento se construye mediante la cooperación y el debate. Cuando la autoridad se ejerce con prudencia y sentido institucional.
Por el contrario, cuando predominan la confrontación, la imposición y la utilización del poder como herramienta de control, la convivencia se deteriora rápidamente.
¿Cómo debemos llamar al hecho de que algunos compañeros y compañeras no quieran manifestar su opinión por temor a posibles represalias? ¿Cómo debe interpretarse que en una institución universitaria haya personas que prefieran guardar silencio antes que significarse públicamente? Cuando el silencio no nace del consenso, sino del miedo, la universidad deja de ser un espacio plenamente libre de deliberación académica.
El resultado es un ambiente cada vez más difícil de reconocer para quienes hemos dedicado años de nuestra vida a esta Facultad.
No está en mi ánimo descalificar ni desacreditar a compañeros o compañeras que piensan de forma diferente. Pero tampoco sería fiel a mí mismo si no manifestara con libertad mi opinión, especialmente en un momento tan delicado de nuestra historia institucional.
La historia juzgará las decisiones actuales. Y lo hará con un criterio sencillo: si contribuyeron a fortalecer la investigación o a debilitarla; si protegieron el patrimonio científico acumulado durante décadas o permitieron su deterioro; si fomentaron el talento o favorecieron la resignación.
Porque las instituciones sobreviven a las personas. Los cargos son temporales. Las decisiones pasan. Incluso los errores, con el tiempo, pueden corregirse.
Pero hay pérdidas que no se reparan con una nueva normativa ni con un cambio de equipo.
Se pierde algo más profundo cuando una comunidad académica deja de reconocerse en sus propios pasillos. Cuando quienes antes colaboraban empiezan a mirarse con desconfianza. Cuando el silencio sustituye al debate. Cuando el miedo ocupa el lugar que debería ocupar la libertad.
Eso es lo que está en juego. Ojalá y sepamos estar a la altura, yo el primero.

Dr. Pedro J Benito Peinado
Catedrático de Fisiología del Ejercicio
Miembro del LFE Research Group
Departamento de Salud y Rendimiento Humano
Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF)
Universidad Politécnica de Madrid
















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